Hacer balance de un año no siempre es sentarse con una libreta y escribir objetivos cumplidos. Ojalá.
A veces el balance es más simple… y más duro. Es preguntarte si has llegado hasta aquí entera. O, al menos, más o menos en pie.
Este año no ha sido espectacular.
No ha tenido grandes titulares.
Pero ha tenido días largos. Muy largos. Y noches en vela que no salen en las fotos.
La maternidad real es eso. No la que se celebra en frases bonitas, sino la que sucede cuando estás agotada y aun así sigues. Cuando dudas de todo. Cuando te preguntas si lo estás haciendo bien, si llegas, si te falta algo. Spoiler: siempre parece que falta algo.
He aprendido —a base de tropezar— que no se puede con todo. Que querer hacerlo bien no siempre basta. Y que sentirse desbordada no te hace mala madre, ni débil, ni menos capaz. Te hace humana. Y punto.
Este año he perdido la paciencia más veces de las que me gustaría admitir. He ido con prisa cuando necesitaban calma. Y sí, duele reconocerlo. Pero esconderlo no lo mejora.
Sin embargo… también ha habido cosas buenas.
Momentos pequeños, casi invisibles.
Risas absurdas en la cocina. Abrazos improvisados. Ese “mamá, te quiero” dicho sin motivo. Pues bien, eso también cuenta. Mucho.
El balance del año vivido no es una lista de éxitos. Es aceptar que la maternidad real es contradictoria: te cansa y te salva a la vez. Te quita energía, pero te da sentido. Te descoloca… y te coloca.
He aprendido que no todo se arregla controlando más. Que soltar, aunque dé miedo, es necesario. Que no pasa nada por no tener respuestas. Que pedir ayuda no es rendirse. Y que descansar no es egoísmo, es supervivencia.
Este año no me ha hecho mejor madre en términos ideales.
Pero sí más consciente.
Más honesta.
Menos exigente, al menos algunos días.
Y quizá ese sea el verdadero balance: seguir, aun con dudas. Amar, aun cansada. Estar, aun imperfecta.
Porque la maternidad real, la de verdad, no es impecable.
Es vivida.
Y eso, aunque no se vea en redes, vale muchísimo.


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