El apagón del 28 de abril: la lección inesperada que cerró 2025

Era lunes. Mediodía. Alrededor de las 12:33.
España —y buena parte de Portugal— se quedó sin electricidad de golpe.
Cinco segundos. Solo cinco. Y desapareció el 60 % de la energía que se estaba consumiendo.
Así, sin avisar. Sin previo “oye, que esto va a pasar”.

Y de repente… nada.

Semáforos apagados. Pantallas en negro. Ascensores detenidos. Oficinas mudas.
El móvil, aún con batería, pero sin señal.
Ese silencio raro que no estamos acostumbrados a escuchar.

Al principio hubo confusión.
Luego incredulidad.
Después, preguntas. Muchas.

Pero mientras los expertos buscaban respuestas técnicas, en la calle ocurría otra cosa.
Algo más sencillo. Más humano.

La gente empezó a mirarse.

Vecinos que apenas se saludan bajaron a la calle.
Comerciantes salieron a la puerta.
Y, casi sin darnos cuenta, empezamos a hablar. De verdad.

Sin notificaciones.
Sin prisas.
Sin mirar el reloj cada treinta segundos.

Qué curioso.

Durante unas horas recordamos lo frágil que es todo lo que damos por hecho.
La luz.
El wifi.
El “estoy ocupado ahora te escribo”.
El mundo siempre conectado.

Nos dimos cuenta de que dependemos de enchufes más de lo que creemos.
Y también —esto es lo bonito— de que sabemos arreglarnos sin ellos cuando no queda otra.

Hubo quien redescubrió una radio a pilas.
Quien se sentó en una terraza sin mirar el móvil.
Quien habló con su hijo, con su padre, con su pareja… sin interrupciones.

Y no pasó nada malo por hacerlo.
Al contrario.

Cuando volvió la electricidad, todo regresó a su sitio.
Las luces.
Las pantallas.
El ruido constante.

Pero algo había cambiado. Aunque fuera un poco.

Hoy, 31 de diciembre, cuando este 2025 baja el telón, conviene acordarse de aquel apagón.
No por el susto.
No por el colapso.
Sino por lo que nos enseñó sin pretenderlo.

Que no todo tiene que ir tan rápido.
Que no todo es urgente.
Que no todo depende de estar siempre conectados.

A veces hace falta que se apague todo
para volver a encender lo importante.

Quizá ese sea el aprendizaje que merece la pena llevarnos al año nuevo.
Más conversaciones.
Más presencia.
Más humanidad.

menos miedo al silencio.

Feliz 2026.
Con luz, sí.
Pero también con pausa.